El día en que fui un poco Joe Strummer

Al shock de adrenalina inicial sigue el embotamiento de mis sentidos. Me enloquece el rumor de voces confusas. La luz quirúrgica me enceguece. Camino sin pensar. 
No sé encontrar lo que busco. No sé buscarlo tampoco. Avanzo despacio, vacilante, temiendo dar el paso en la dirección incorrecta que termine por desaparecerme para siempre. No sé bien dónde estoy. No sé adónde ir. No sé qué temer. 
Vago sin rumbo. Sé que necesito ayuda. Un alma caritativa que se apiade de mi soledad. Una mano que tome la mía. En un arrebato de esperanza miro a mi alrededor. Intento esbozar una sonrisa, simular que mi desesperación no es tanta. Quizá así alguien repare en mí. 
Creo ver ojos que me miran. No sé si son amistosos u hostiles. Corre sudor frío por mi espalda. 
Me rodean caras desconocidas, rostros difusos y brillantes. La luz violentamente blanca lastima mis ojos; el resplandor y la angustia los llenan de lágrimas. 
El ruido se me hace ensordecedor. Si gritara nadie me escucharía.

De golpe me paraliza la certeza de que me siguen, de que me buscan. No sé si dejar que me encuentren o salir yo en busca de mi perseguidor. Todos mis sentidos están en alerta. Salto como un resorte cuando una mano se apoya en mi hombro.

-Sos vos la nena que se perdió?
-Sí, creo que sí.

Me encontraron en la sección de lácteos. Creo que en el camino de vuelta a casa mi mamá me compró un alfajor.