Uno de mis tantos objetivos inútiles para el 2013 es llevar la cuenta de los libros que lea. Por eso por la presente dejo asentado que mi primer libro terminado en este nuevo año es Boquitas Pintadas, de Puig.
Lo encaré hará un par de semanas y fue el perfecto ejemplo de esos libros a los que uno se acerca en total ignorancia de todo acerca de él, y que sin embargo nos sorprende resultando ser justo lo que menos esperábamos encontrar (curioso cómo es posible sorprenderse aún cuando no se espera nada, eso de la tabula rasa es una mentira total).
Mis ganas de leer este libro nacieron hace varios años, cuando me tocó cursar Lógica en la facultad en un aula que llevaba ese nombre. Y, desde siempre, el título me cautivó. Creo que la clave es el uso del diminutivo. No es ni remotamente lo mismo decir "boquitas" que "bocas": una boca pintada es una boca común, una boca de mujer, de femme fatal, de ama de casa, de prostituta. Puede estar gastada, exhibir alguna arruga, tal vez sostener un cigarrillo y haberse cansado de hablar, besar o insultar. Pero, en fin, aunque no haya nada extraordinario en una boca pintada, en una boquita sí. "Boquita" me sugiere sensualidad, un dejo de secreto, jugueteo o prohibición. Me remite inmediatamente a la Lolita de Nabokov, a aquellos pasajes en que Dolores se pinta la boca apenas púber, la boquita, para delirio, tortura y perversión del infeliz Humbert.
Lolita es casualmente el último libro que leí en 2012.
Y no sé si creo en la casualidad.