Anoche soñé una foto. Una foto que nunca existió, claro está; creación puramente onírica pero que todavía recuerdo tal cual. Y la foto disparó la idea. Y entonces me puse a escribir.
Escribí a rabiar. Completé renglones con la rapidez febril que me produce escribir de madrugada. Cuando hube terminado contemplé satisfecha la obra, registro de un instante de arrebato creativo. Me congratulé por mi buen tino de no esperar hasta la mañana y sacudir la modorra para plasmar la inspiración súbita en papel.
Y entonces me desperté. Me desperté con la extraña sensación de haberme creído despierta hasta recién. Recordaba haber escrito. Pero todo lo escribió un otro yo, mi yo del sueño. No quedó registro alguno: sólo la imagen todavía vívida de la foto soñada y la perplejidad de sentir que todo pasó en otra dimensión.
Entonces de nuevo agarré lápiz y papel. Y escribí esto. Quizá lo haya hecho también dormida, y nunca lo llegue a leer. Pero si mañana vuelvo a verlo, o si ahora lo estás leyendo vos, entonces sabremos o que esto sí fue real o que sos parte de mi sueño vos también.