Fila
siete asiento F, viejo de aspecto apacible sentado al lado pero apenas termina el damas y caballeros les
habla el capitán codo del viejo violando la frontera del apoyabrazos divisor y
cada vez más acá, apuntando a mis costillas o rozando mi brazo izquierdo,
avanzando alevosamente sobre mi espacio aéreo personal. Podría muy bien decirle
señor me está estorbando pero apuesto a la lucha silenciosa, abrir mi brazo
cuando siento el contacto del codo del viejo y entablar una pulseada encubierta
a ver quién retira el brazo primero, a veces termino siendo yo porque el viejo
simula no molestarle que le empuje el codo dentro de los límites de su asiento,
viejo malvado pretendiendo sumergirse en su lectura sobre Cristóbal Colón y la
Santa Inquisición pero en realidad esperando que yo baje la guardia para
desplegar las alas y volver a confiscar lo que la aerolínea determinó que me
pertenece. Ganas de arrojar al viejo por la borda y obsequiarle una caída libre
de veinte mil pies -vaya uno a saber cuánto sea porque medir la altura en pies
es como mensurar distancia en ombligos o profundidad en respiraciones- pero
ventanilla sellada e imposible empujar al viejo entonces continuar con la implacable
esgrima de codos touché touché touché hasta posarnos en una fría Buenos Aires
donde el viejo y yo nos separamos para siempre y un taxi me acerca a la ciudad
llena de viejos y de codos y de floretes sin botón.