El mono relojero (o la persistencia de la memoria)


De vez en cuando el reloj empieza a arrastrar las patitas despacio, cada vez más despacio, hasta que imperceptiblemente se congelan y uno recién se da cuenta unas horas o días después, cuando ve que amanece a las 2 o marca las 7 en pleno mediodía. Y entonces nada más fácil, rápido trasplante de corazón y níquel-litio-cadmio bombeando vida a las patitas otra vez.
Pero yo prefiero dejar el reloj unos días así, y cada tanto levantar la cabeza y admirar esas patitas indiferentes e inmóviles, emancipadas de toda responsabilidad y apuro, burlándose de un tiempo que si no se mide deja de existir. Y entonces sí festejar la belleza de esos dos momentos del día en que el tiempo coincide con el reloj y no el reloj con el tiempo, esos dos precisos y brevísimos instantes en que la naturaleza se ajusta al arte con una magia que el cuarzo y los suizos obviamente no saben apreciar.