El día que Brecht asesinó a Walt Disney

Si algo siempre me resultó imposible de comprender es el fenómeno de los adultos que peregrinan a Disney, y no para llevar a su descendencia, claro está, sino porque ellos mismos quieren ir. Claro que acepto la inevitabilidad de que casi todo infante bombardeado desde la cuna por la american way of life ubique en la Florida su Meca, pero no entiendo el interés que este lugar puede ofrecer a quien sabe que Winnie Pooh es en realidad un gordo sudando en su traje de pana, que Mickey sólo piensa en irse a casa a comer doritos frente al televisor o que la Cenicienta no puede pagar la renta y tiene problemas con el alcohol. 
Quizá el grandulón de cámara al cuello sólo intenta por un rato no pensar en impuestos, arreglos del auto e implantes dentales... pero mejor dejémoslo en que yo debería haber visto Bambi un par de veces más, y God bless America.