La clase fue larga, afuera hace frío, mi reino por un café. El bar es copado, primer piso por escalera de un edificio antiguo lleno de macetas. Ya hemos ido ahí antes alguna vez, gaseosa a catorce pesos pero hoy mejor apostar por café con leche y medialunas [cuál es de grasa y cuál es de manteca? siempre tengo esa duda, es como con la derecha y la izquierda]
Por supuesto que sobrecitos de azúcar en la mesa, cada uno con su frase melosa en la espalda, filosofía de entrecasa sobre la vida, la amistad y el amor y demás tristezas demasiado ajenas a nuestra satisfacción de medialuna pegajosa y clase terminada. Y de golpe, la idea: fabricar nuestros propios sobrecitos y cambiar los mensajes trillados por frases posta, de esas que te mueven el piso o saltan directo a la yugular. "El yo debe poder acompañar todas mis representaciones" sugiere uno. Pero no, demasiado nerd. Mejor algo de Nietzsche, o de Oscar Wilde. Para atragantarle la medialuna a más de uno.