La edad de la razón [vicios del consentimiento, o desmitificar el riñón]

El señor Immanuel Kant, deidad filosófica de la modernidad, escribió alguna vez que la minoría de edad es la incapacidad para servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Este indeseable estado, en el que optan por permanecer muchos hombres por cobardía o comodidad, puede sin embargo abandonarse cuando se tienen la valentía y decisión de valerse del entendimiento propio y ya no dejarse conducir. 
Sin lugar a dudas el señor Kant ha sido una lumbrera del pensamiento occidental, pero sospecho que en este asunto (y parafraseando a otra deidad moderna) estuvo razonando fuera del recipiente; la mayoría de edad no se alcanza con el uso crítico de la propia razón, y tampoco a los 18, como indica nuestra ley, ni cuando la nena se calza los tacos o al pibe le sale en la cara esa pelusa de durazno que entusiasta pero prematuramente denomina "barba". 
No no no, la auténtica mayoría de edad se alcanza cuando uno cuestiona a sus mayores qué es lo que tiene frente a sí, en el plato.

Paso a explicar:
Cuando retoño, y como criatura bien educada, solía comer lo que mis padres determinaba que yo comería. Así es que supe deleitarme, por ejemplo, con la popularísima lengua a la vinagreta, sin percatarme de que la lengua de la vinagreta y la lengua de la vaca, esa informe y rugosa masa bicolor que me repugnaba en la carnicería, eran uno y el mismo horror. Similar es mi historia con el hígado, espanto sangrante al que hoy no toco ni de lejos con un palo, y la de la morcilla, que de niña comí en varias versiones (fría con pan antes del asado y horriblemete caliente y burbujeante después de la parrilla) en total ignorancia de lo que estaba sucediendo. Y ni hablemos del mondongo, que una vez preparó mi abuela fingiendo inocencia y yo (me estremezco al recordarlo) ingenuamente comí. 
Tampoco me di cuenta, hasta grande, de que los menudos de pollo son prácticamente desechos quirúrgicos, ni que las achuras estuvieron realmente adentro de una vaca, ni que el caracú es de origen animal. De niño uno piensa que son entidades autónomas: el riñoncito no tiene nada que ver con el sistema excretor de la res, la carne no es el músculo, el pollo no es el tierno pajarito que alimentamos en la granja en la excursión escolar. La mente infantil no alcanza a concebir la retorcida posibilidad de estar siendo alimentado con sangre y tripas sin como mínimo haber sido consultado primero, a lo Hannibal Lecter sirvendo sesos para dos.
      
Por eso sostengo, señores, que la edad de la razón se alcanza sólo al cuestionar todos y cada uno de los manjares que nos quiere imponer la hegemonía del que cocina en casa. A la respuesta "esto es hígado" hay que preguntar de dónde viene, a la instancia "terminate la morcilla" hay que indagar exactamente qué es. 
No es cuestión de dejarse someter, y terminar un día aciago almorzando criadillas.