La vida en Argentina se reduce a una sumatoria de filas, caldos de cultivo de espíritus estoicos y asesinos seriales. Mi última experiencia en el tema fue ayer, cuando decidí que agarrarme fiebre amarilla podría arruinar mis vacaciones y asigné 4 horas de mi vida a alargar la hilera de los que aguardaban para recibir la vacuna.
La fila serpenteaba a lo largo de una cuadra completa y se componía principalmente de jipillos de Palermo, interesantísimo grupo social de rastas rubias que peregrina una vez al año a Bolivia o Machu Picchu en busca de redención espiritual y alojamiento barato y así se siente más progre o más zurdo o repentinamente más cerca de ese mismo Marx que probablemente no leyó nunca. Adelante mío dos pibes-onda-skater amenizaban la espera practicando malabares y posturas de yoga sobre el piso roñoso de la vereda. "Cuidado que no te pegue" me dice uno, mientras revoleaba las pelotas verde, amarilla y roja por sobre mi cabeza. Asentí en silencio, con la firme decisión interior de presentarle las pelotitas en formato supositorio si alguna me tocaba un pelo (más tarde me convidarían papas fritas y preguntarían si me prendía para un truco).
Horas después los jipillos, los pibes-onda-skater y yo salíamos con aire triunfal, apretándonos el algodón contra el brazo violentado y firmemente convencidos de las bondades de la salud pública.
Una vez más, el Estado Argentino nos vacunó.