Morbo is my middle name [yo, argentino]

Es notoria la fascinación argentina por desentrañar crímenes horrendos desde el living de casa, con el control remoto en la mano. Desde hace un tiempo somos todos psicólogos forenses y peritos en balística, expertos en Luminol, fenolftaleína y brotes psicóticos, y el señor del noticiero, cara de situación mediante, se encarga de proveernos toda la información de cada caso para que mientras esperamos el Fútbol para Todos juguemos a ser (y  creamos que somos) querella, fiscal y juez.

Algunos nostálgicos recuerdan que hubo un tiempo en que uno era inocente hasta que se demostrara lo contrario. Pero el Código Penal quedó obsoleto, porque el debido proceso no da rating. Y así como toda atribución de valor está determinada por el rating, la inocencia o culpabilidad también. En nuestra ingenuidad -o estupidez- introducimos a los detenidos en el patrullero con la cara cubierta al mismo tiempo que su rostro y datos personales aparecen en todos los canales. Todos sabemos quiénes son, dónde viven y cómo se llama su esposa: luz verde para salir a linchar. En el preciso momento en que alguien es investigado en cualquier caso mínimamente resonante su culpabilidad queda determinada; nada puede aportar el dictamen de la justicia, que es accesorio y no importa. El pobre diablo queda marcado de por vida como el que mató o violó o ya nadie se acuerda qué hizo pero seguro algo terrible porque salió en la TV. Perpetua para el señor, y pasamos al informe del tránsito o al striptease de la Escudero.

Quizá la proliferación de culebrones mexicanos en los 90 tenga algo que ver, pero lo cierto es que los argentinos están obsesionados con el drama. Maria Marta, Nora Dalmasso, Candela, Tomás, el cuádruple crimen de La Plata, son un festín para la TV y su público. Se ventila y discute todo tipo de detalles innecesarios, cuanto más escabrosos mejor: que si estaba desnuda, que con cuántos se acostó, que si la violaron, que si eran traficantes, que si la madre era una puta. Pero no se trata de morbo, no; es puramente información.
Los periodistas se erigen en divinidades y exigen que los parientes de las víctimas salgan a declarar ante los medios; se sospecha de ellos si no lo hacen. Los domicilios se rodean de móviles, se montan guardias en los velorios, los llantos son minuciosamente televisados. La intimidad -real o ficticia- de las víctimas y sus familias es prostituida en nombre de la información, dios moderno al cual sacrificamos vidas y reputaciones a cambio de relleno para tantas horas de transmisión. 

Tato ya lo dijo por ahí: vermut con papas fritas y good show.