Sabés que no es buen día para salir a andar en bicicleta cuando:
1. Te levantás temprano el sábado para llegar al puestito de préstamo de bicis apenas abra. Sabiendo que abre a las nueve, nueve y veinte estás ahí. El paparulo con cara de trasnochado que atiende, cuyo sueldo pagan tus tus impuestos, no llega hasta las diez.
2. Ningún casco es de tu tamaño. Todos te quedan ridículamente grandes. Con paciencia infinita pedaleás hasta el próximo puesto, con la esperanza de cambiarlo por uno acorde a tu anormalmente pequeño cráneo, mientras el casco te bailotea sobre el marote.
3. En el siguiente puesto tampoco tienen cascos pequeños.
4. Pedaleás unos cientos de metros y te topás con un gil con problemas de abuso de sustancias que enarbolando una bandera azul se para en medio de la bicisenda y abre los brazos a la altura de tu cabeza, de manera de propinarte un golpe en el mate cuando pases junto a él. En el intento de esquivarlo, te hacés pelota contra el piso.
5. Una vez repuesto y de nuevo sobre dos ruedas seguís unos 200 metros y te encontrás con un efectivo de Prefectura. Decidís ponerte la gorra y hacer pasar un mal momento al responsable de tus recién adquiridos moretones, y denunciás lo ocurrido al gordito de uniforme. La respuesta del muy forro es "tendrías que haberlo esquivado".
6. Todavía mandándolo a freír churros pedaleás 100 metros más y agarrás a buena velocidad una canaleta considerablemente profunda que atraviesa todo el ancho la bicisenda. Pinchás la goma de atrás.
7. Completás como podés los 300 metros que te separan del puesto de bicis más cercano, con la intención de cambiar tu bici inutilizada por una en condiciones. Te informan que todas las bicis que les quedan están pinchadas también.
8. Mirás el reloj. No son las 11 de la mañana todavía, y tu día ya es una garcha. Te tomás el 93 de vuelta a casa, haciéndote cargo de la triste verdad.
Al que madruga, Dios no lo ayuda.
Basado en una historia real.