Después de años de analizar el comportamiento humano llegué a la siguiente conclusión: me irritan profundamente los optimistas.
Creo firmemente que un optimista no es sino una persona mal informada. El pesimista, por el contrario, es el sujeto verdaderamente racional y consciente de su situación. Porque es innegable que el pesimista está preparado para todo: nada puede sorprenderlo, pues las peores variables entran en su previsión. El pesimista es el precavido, el cazador inteligente, que sabe que lo peor puede pasar y está preparado para hacerle frente. El pesimista es en definitiva el tipo con el mejor plan, el auténtico estratega.
Estoy sin embargo dispuesta a reconocer que, entre los optimistas, hay dos subconjuntos claramente diferenciables. El primero está compuesto por los “optimistas incurables”: los siempre sonrientes y animosos y que de toda porquería extraen una enseñanza para predicar. Esta gente resulta particularmente irritante por su tendencia a intentar transmitir felicidad a los que los rodean, suerte de duendes navideños en villancico interminable invitándote a deslizar por el arco iris de la vida. Este optimista es el hombre con actitud de pequeño pony, cuya vida parece una eterna canción de Diego Torres. Es bajo todo punto de vista evidente que este ser humano no está preparado para la enfrentar la realidad.
El segundo conjunto, en cambio, está compuesto por la “gente que le pone onda”. Este grupo, contrariamente al anterior, es soportable y hasta simpático. Lo superior en ellos es, sencillamente, que reconocen una mierda cuando la ven. Optan por saltarla o pasarle por al lado, pero son conscientes de ella. Y por eso uno los invita a tomar mate un domingo cualquiera de mayo, quizá con lluvia, quizá con inflación, pero siempre con facturas.