Siempre me intrigó la manía humana de poner fecha al fin del mundo. Recuerdo haber esperado ansiosamente el colapso anunciado ante el último cambio de milenio, expectativa que finalmente se vio opacada por la controversia entre quienes sostenían que el nuevo milenio empezaba en 2000 y quienes defendían (quizá más realista, pero definitivamente menos marketineramente) que en 2001. Por supuesto que esta discusión resultó a su vez minimizada por el terror colectivo al Y2K, amenaza fantasma según la cual, si no se acababa el mundo, todas las computadoras estallarían al dar las doce y los robots pasarían a esclavizar a la especie humana, o algo así.
Pero, volviendo a la actualidad, parece que hay que estar atentos al 11-11-11 porque por algún inescrutable designio cósmico se acabaría el mundo, o seríamos visitados por alienígenas, o se abrirían los closets de la Casa Blanca y el Vaticano. [Al momento de escribir esto miro el reloj y son 11.06. Me pregunto si quedan 4 minutos de humanidad y, si es así, para qué me gasto en escribir. Mejor miro tele 5 minutos más y si no estallamos sigo]
Tica. Tac. Tic. Tac.
Muy bien, son las 11:11 y NO PASÓ NADA. A pesar de la desilusión, sigamos.
Debo confesar que estos 4 minutos de reflexión y preparación interior para el apocalipsis inundaron mi espíritu de preguntas existenciales. En primer lugar: la gente formada en círculo abrazando el Obelisco por la paz, ¿no trabaja? “Jefe, mañana no vengo porque es once de noviembre, y todos sabemos que es el día de abrazar un monumento” (y después le descuentan los días de paro a los docentes, ustedes se dan cuenta).
Por otro lado, sospecho firmemente que la multitud vestida de blanco reunida en el cerro Uritorco está decepcionada. No pagaron para esto; el folleto prometía una escena de Encuentro cercano del tercer tipo -o de ET para los del paquete económico. Cuidado señores, porque nada hay más peligroso que una horda enfurecida de gente con túnica y trenzas (la SIDE constata que la rubia de Doritos encabeza la protesta).
Pero, más allá de los frecuentes ciclos de expectativa apocalítica- decepción- vuelta a esperar que todo se vaya al demonio, lo que más me entusiasma del fin del mundo es que la tecnología nos ofrece una excelente posibilidad de disfrutarlo. Piénsenlo bien: así como el año nuevo llega primero a Japón y Nueva Zelanda (y los argentinos vemos sus fuegos artificiales por televisión esperando que den las doce aquí también para que los abuelos se vayan a dormir) el fin del mundo, que siempre parece venir en una fecha determinada, llegaría primero a esas regiones también, de manera que quienes vivimos de este lado el mundo podríamos finalmente amortizar la factura del cable sentándonos a mirar la destrucción gradual del planeta vía DirecTV.
Ahora que lo pienso, para el 2012 pongo HD.