Vivir en sociedad no es nada fácil. Compartir el mundo con otros seres humanos, de los cuales la mayoría ni siquiera nos cae bien, pone a prueba permanentemente nuestra capacidad de tolerancia y adaptación. Durante bastante tiempo supuse que era mejor –o menos peligroso- no denunciar los atropellos de los extraños, pero hace algún tiempo, llegado un momento de mi vida de aceptable madurez y autoestima, pude enfrentar a la sociedad para enfáticamente protestar:
BASTA de que la gente pida empanadas de humita y se coma las mías de jamón y queso.
Ovación. Tertulianos aplauden de pie y pugnan por darte la mano en señal de gratitud. Porque todos acostumbran callar y sufrir en silencio, soportando estoicamente el ridículo relleno de la empanada de choclo con su salsa blanca que te calcina la lengua. Mientras tanto, estratégicamente ubicado frente a la caja del delivery, el turro que las pidió se regodea en tu sublime jamón y queso o carne cortada a cuchillo, enarbolando la argentinísima cara de “yo no lo voté”.
Frente a tanta injusticia, y en nombre de todos los oprimidos, decidí dar el primer paso. Desde hace un tiempo ya, en cada evento social, le anuncio a perfectos desconocidos que no tengo intenciones de comerme lo que no pido, e invito a todo el que quiera jamón y queso a pedir jamón y queso, y no extravagancias para hacerse el exótico.
Algunos me tildarán de loca, lo sé. Allá ellos, se tragarán la humita.