Palito, vasito, bombón helado (o el sabor de la injusticia)

Después de la crudeza con que decidí tratar el tema anterior entendí que es necesario ampliar la denuncia y hacerla extensiva al postre argentino por excelencia: el helado. Porque, a pesar de su apariencia inofensiva, este postre esconde las formas más agresivas –aunque solapadas- de violencia social: la situación se repite en cada comida compartida, cuando alguien se alza con el imán de la heladería más cercana al grito de “’¿qué gustos pedimos?”, ingenuamente dispuesto a tomar nota sin analizar las consecuencias. Esto, compartirán conmigo, es un gravísimo error.
A pesar de reconocer las bondades del pluralismo sostengo que someter la elección de sabores a consulta popular es la peor forma de definir un pedido, porque los comensales, al entrar en multitud, dejan de formar parte del universo racional. ¿De qué otra manera se explica sino que siempre haya alguien que pide pistacho, o menta granizada? Y lo que es aún peor, ¿cómo se explica que nadie lo acuchille en el acto, sino que se le conceda voz y voto al impulsor de semejante barbaridad? No pocas veces, siendo mi pedido chocolate y dulce de leche, terminé padeciendo que el cucurucho fuese mancillado con un imperdonable sambayón. Y he tomado la decisión de no tolerarlo más.
Sé que no es sencillo luchar contra la injusticia solos, mis pequeños saltamontes. Por eso los invito a ser parte de la lucha, a impulsar un movimiento que termine de una vez y para siempre con la dictadura del mascarpone y el sambayón. Gritemos sin miedo al mundo que queremos chocolate con almendras y granizado, y que estamos dispuestos a conseguirlos. No será una empresa fácil, lo sabemos. Que la fuerza nos acompañe.