No voy en tren, tampoco en avión (herencias de Ícaro)

No voy a ocultarlo: me aterran los aviones. La sola idea de pasar horas enteras encerrado en una lata a una altura demencialmente desproporcionada en relación a nuestra capacidad natural de vuelo (por si hay que aclarar, nula) alcanza para hacerme preguntar qué demonios está fallando en el instinto de conservación de los humanos, nacidos para transitar siempre a ras del suelo.
El primer indicador de que el vuelo no será una experiencia grata está en el mismo aeropuerto. Uno nunca puede estar relajado en un aeropuerto; personalmente siempre creo que por alguna razón me rechazarán los pasajes, llevo el documento en la mano por miedo a que por obra de hechicería desaparezca del bolso y tengo una extraña sensación de aprensión en el estómago, cual mula en plena encomienda.
Pero eventualmente lo llaman a uno al embarque, y ahí sí no hay vuelta atrás: todas las sardinas a la lata, y una vez arriba no hay chances de bajar. Admito con vergüenza que al momento de subir siempre echo una mirada al fuselaje del avión, esperando detectar algún remache flojo que haya escapado a la inspección de los hombres de antiparras y gorra con orejeras. [Hasta el momento, no encontré].
Una vez arriba viene el bailecito, la explicación coreografiada de máscaras y salidas y chalecos salvavidas. Y éste es el momento en que quiero gritar que no, informarles a las señoritas de rodete que estamos en un avión y no en una lancha, preguntarles histéricamente para qué puedo querer un salvavidas volando a 30.000 pies, cuando obviamente sería más útil un paracaídas. Pero bueno uno ya compró y, como siempre, las reglas las pone otro. Tengo que admitir que, volando una vez sobre el mar, pude aceptar la idea de una reconciliación con el salvavidas, pero de inmediato vino a mi mente la idea de los tiburones que estarían merodeando allí abajo, y me arrepentí. Entonces decidí que, en lo sucesivo, lo mejor para viajar sería la pastillita del sueño, la droga legal de los miedosos. Pero me di cuenta de que en caso de catástrofe sería mejor estar bien despierto, y también me arrepentí.
La dificultad definitivamente es insalvable. Sugerencias, se escuchan.