Caso de estudio 1: el roast beef.
Todo argentino está familiarizado con el roast beef: corte de res comúnmente usado para salsas, guisos y afines ("nacional y popular", le dirían ahora). Éste es el caso de excesiva libertad de expresión más enervante para cualquier fundamentalista de la lengua, entre los que orgullosamente me incluyo. Paso a detallar versiones del término que he visto estampadas con total impunidad en pizarras de carnicerías barriales y en rimbombante cartelería de supermercados:
rosbif
rosbiff
rossbif
rossbiff
ros biff
ros beaf
ross bif
ross biff
ross biff
roas bif
roas biff
roas beaf
roast bif
roast biff
Y hay más.
Caso 2: el gran dictador.
Pedido de disculpas mediante al bigotito de Chaplin, me refiero en este caso al finado (o freezado, según los últimos reportes) ex gobernante de Libia. Creo que es hora de que Occidente, que del árabe sólo pudo descifrar "shawarma", decida de una vez y para siempre cómo escribir su nombre y destierre definitivamente de los medios versiones como:
Gadafi
Gadaffi
Gadafy
Gaddafy
Gadaffy
Ghadafi
Ghaddafi
Ghadaffi
Ghaddaffi
Khadafi
Khadafy
Khaddafi
Khaddafy
Y así al mismísimo infinito.
Una vez sentada mi queja, pido que no se me malentienda: pensemos cualquier cosa, opinemos cualquier cosa, expresemos cualquier cosa, digamos cualquier cosa...
Pero digámosla bien.