Aristóteles, el más sabio entre los hombres, creyó firmemente en la generación espontánea. Defendió la idea de que, dejados unos trapos sucios u otros desperdicios en lugares húmedos un par de días, surgirían en ellos formas de vida inferiores (larvas, pequeños insectos) que aparecían, literalmente, de la nada. No de pequeños huevos dejados por moscas, como sostiene la poco romántica ciencia actual, sino de la pura nada, de golpe: ahora están, ahora no. Plop. Ya está.
Por supuesto la investigación científica posterior se encargó de refutar esta hermosa teoría (como a todas las cosas bellas y misteriosas que no sabe explicar) rasgándose sonoramente las vestiduras en nombre del microscopio y la evolución. Pero hay un elemento, un pequeño detalle, que la ciencia contemporánea no ha considerado y que constituye la prueba irrefutable de su error. La llave de la verdad, señores, es la pelusa.
Sí, la pelusa, confusa maraña de pelo y mugre; imposible conocer su origen y el secreto de su formación, básicamente una porquería que simplemente aparece. Manténgase una habitación perfectamente limpia y cerrada, ajena al tránsito de humanos o animales, y a los pocos días habrá pelusa bajo la cama (eso, mis estimados académicos y premios Nobel, es generación espontánea). Incluso han sido reportadas apariciones espontáneas de pelusa en ombligos humanos (principalmente masculinos, e independientemente de la higiene personal del portador) lo cual a mi entender debería ser elevado sin demora a cuestión de salud pública nacional.
Toda ocultación esconde una intención non sancta detrás. Por eso, queridos congéneres, los invito a rebelarnos contra la ciencia que no nos dice la verdad. Pérdonalos, excelso Aristóteles, pues no saben lo que hacen.