Uno de los grandes avances de la humanidad parece ser el contestador automático. Los hay hoy en día de todo tipo y color, suerte de avatar del dueño de casa que está en el super o dándose una ducha o simplemente pasándola bien porque por algo no quiere atender. Por eso mismo el mensaje del contestador nos dice mucho de su dueño si se lo analiza con atención. Los sujetos más amigables suelen optar por grabar su propia bienvenida y al estilo Chip y Dale largan el consabido (y generalmente agudo): "te comunicaste con Lachu y Pachu ...". Por su parte, los enamorados más melosos, las estudiantes de CBC que comparten su primer departamento y los giles en general suelen caer en la tentación de grabar el mensaje entre varias personas, pronunciando cada uno distintas palabras para lograr un resultado final que pretende ser simpático pero se atasca en opa. Y otras personas no se interesan por nada ni nadie y dejan que la enervante señora de los números nos coma el coco con el "cuatro-cuatro-dos-uno-siete" recitado como si estuviera leyendo un collage.
De la inmensa variedad de contestadores que tuve el placer de conocer a lo largo de mi vida rescato como mi favorito uno en el que atiende una española. Por si no es suficientemente obvio que si llamaste al Pocho que vive en Wilde y te atiende la princesa Letizia algo está mal, la grabación aclara, en correcto castizo: "Ushted ze ha comunicado con una conteshtadora automática" [menos mal, qué susto, pensé que me atendía la licuadora] Se ve que hay gente a quien la aclaración la tranquiliza, vaya uno a saber.
Pero para ir cerrando un tema tan ríspido, y a modo de reflexión, me gustaría señalar la poco explorada dimensión existencialista del fenómeno telefónico. Que el teléfono es un invento espectacular nadie lo discute, pero creo que se lo pondera por razones equivocadas. Lo magnífico del teléfono es que frente a él el hombre toma conciencia de su finitud. El teléfono es como la muerte: hay un "más acá" manejable (en el cual nos sentimos dueños y señores y enroscamos el cable con el dedo mientras hablamos o hacemos garabatos atrás de la factura del gas o revisamos la heladera) y un "más allá" insondable, que escapa a nuestra comprensión y nos hace desesperar, en mi caso, demasiado a menudo. El teléfono (y las compañías telefónicas) nos obligan a aceptar que no somos omnipotentes, que no somos soberanos, que en el fondo no somos nada.
Esta desesperanzadora sensación se me presenta, invariablemente, cada vez que intento levantar mis mensajes. A tal fin debo primero marcar asterisco más el número que me permite acceder a la casilla. Después hay que introducir los cuatro dígitos de la clave personal. Acá se me presentan las primeras dificultades, porque el 90% de las veces una señora me informa que la clave es incorrecta. Vuelta entonces a marcar. Vuelta a decirme que es incorrecta (certeza íntima de que no, de que está bien, pero en el fondo es la señora la que tiene el poder). Cortar y volver a empezar. Asterisco, acceso a la casilla, mismos cuatro digítos que antes... Y ahora sí se abren las puertas de la sabiduría, y la señora nos da una serie de opciones: para escuchar sus mensajes marque uno, para cambiar su mensaje personal marque dos, para ver sus configuraciones marque tres, para pegarse un tiro marque cuatro (marco el uno, no sé para qué son las otras opciones y tampoco me interesa). A veces tengo suerte y sólo necesito tres o cuatro intentos de cortar y remarcar para lograr mi cometido, pero a veces se ve que me he portado mal y la señora solicita que cambie mi clave porque la anterior "ha expirado" (la pucha digo yo, es una clave no un yogur, pero una vez más ella tiene a mis mensajes de rehén y yo estoy obligado a acceder). Y como la vida moderna nos exige claves hasta para ir al baño (con el consiguiente riesgo de pérdida/ olvido/ destrucción total) la última vez que tuve que cambiar mi contraseña elegí una facilita. Pero no; "clave excesivamente sencilla" fue la sentencia, "ingrese otra" [oh-por-dios-es un saludo de mi madre no los archivos clasificados de la CIA]. Pero mis mensajes requerían ser rescatados, y accedí.
Y ahí se me vino el candombe. Porque sería muy fácil limitarse a transmitir la grabación que me dejó el Gato para mirar el partido o mi hermana para contarme que su jefa es una turra, pero no. Primero hay que escuchar DE DÓNDE viene el mensaje. Y los pobres desamparados que solemos recibir llamadas de otras ciudades del país perdemos preciosos minutos de vida escuchando "dos-nueve-cuatro-cuatro-cuatro-cinco-ocho-nueve-uno-siete... no ha grabado ningún mensaje. Para repetir el mensaje, marque uno..." QUÉ MENSAJE VOY A REPETIR; SI NO GRABÓ NINGUNO?!?!?
Si en algo me aprecian, no me dejen mensajes. Llamen más tarde, o volvamos a la casilla postal.