Contribuyeron a esta decisión numerosas propuestas, sugerencias y amenazas recibidas por diversos individuos particularmente interesados en algunas reflexiones que compartí en una red social. Entre los temas que lograron más amplia repercusión y -por qué negarlo- auténtica emoción popular puedo señalar, en el ámbito deportivo, ciertas apreciaciones lingüísticas acerca del eximio futbolista brasileño Elano y, en el ámbito de la geografía, un instructivo compendio rayano en la obscenidad. Esto es un claro reflejo de los intereses de un público cada vez más volcado hacia el intercambio cultural e ideológico, y revela la necesidad de generar espacios donde el intelecto pueda regocijarse con malas palabras, juegos lingüísticos obscenos, ciudades con nombres chanchos, futbolistas tirando a puercos.
Pero también hay que escuchar a aquellos que, quizá ajenos a la algarabía que genera en muchos lo arriba mencionado, se dejan seducir por el encanto de la queja, deporte vernáculo por excelencia -más que el pato sin duda. Son los inconformes, los revolucionarios de escritorio, cuyo deleite es la crítica y su más alto goce la puteada. Y esos valientes también serán bienvenidos.
Todo axolotl, en definitiva, se debe a su público. Asique ahí vamos.