No es un secreto y no creo tener que avergonzarme, por lo cual voy a decir la verdad: Odio ir al cine.
Sé que esta confesión lo sitúa a uno en los márgenes de la sociedad, junto a artistas del subterráneo y tristes mimos de parque, porque pocos pueden concebir que a un joven occidental de ingresos medios no le apasione el universo paralelo de boleterías y combos gigantes. Pero sí, odio ir al cine, y éstas son mis razones.
Mi primer problema con el cine son las butacas: ¿por qué alguien elegiría pasar dos horas de película insertado en un asiento con la espalda a 90° cuando podría estar en el living de su casa despatarrado en un sillón?
Además cuando voy al cine extraño a mis pies: la sola idea de perderlos en la oscuridad de una alfombra de higiene dudosa me espanta [porque mis pies vienen conmigo donde voy; jamás me siento sin enroscar las piernas de manera que las patitas descansen junto a mis posaderas]. No sé sentarme bien, no puedo, y he comprobado que las butacas de cine están diseñadas para que pies y trastes se ubiquen donde corresponde, en puritana separación. Yo, así, no.
Mi segunda objeción al cine me hace parecer una ancianita, pero estoy en plan de sinceridad y la debo blanquear: siempre el volumen de las películas me parece exageradamente alto.
Debe ser porque en casa miro televisión en mute –literalmente miro tele, no la escucho-. Dejo que los ojos se distraigan con las imágenes, pero prefiero el silencio para pensar. Por eso generalmente termino sin entender un soto de lo que estuve viendo, pero así soy yo y me siento bien. Incluso cuando prendo la tele con el objetivo de realmente ver algo termino eligiendo siempre programas subtitulados, no por instintos apátridas sino para que alcance con leer. Quizá sea por eso que el cine me aturde, y yo, así, no.
Mi tercer motivo de queja contra el cine es el frío al que uno es invariablemente sometido en las salas. Más que con pochoclo y cocacola el espectador debería ingresar con un buen café con leche, o una sopa de pollo, o un plato de guiso de mondongo. Pero como a uno le prohíben consumir alimentos no adquiridos en el lugar la función da lugar a dos horas de lucha por la supervivencia, de respirar dentro del buzo y frotarse los antebrazos ateridos. Y yo, así, no.
La cuarta molestia que me ocasiona el cine es la sensación de amnesia al salir. Uno no sabe dónde está, qué hora es o para qué lado queda su casa. Es como salir a la superficie luego de un viaje en subte, o como despertarse de un coma. Uno sale de la función de las tres de la tarde y espera que sea de noche, y constatar lo contrario le corta la digestión del popcorn. Sí, también el cine produce jet-lag, y yo, así, definitivamente no.
Por eso prefiero quedarme en casa, comprarle una bolsa de pochoclo a la viejita del negocio de enfrente y pedirle a los cielos que funcione Cuevana. Y si no anda me cuelgo un rato con Moby Dick, que lo empecé hace como un mes y no lo puedo terminar.
Es que me parece un embole, perdón.